Sindicar

Desde pequeña su ilusión era coser, bordar, hacer ganchillo, ...

Concepción Rodríguez Quero
Vecina de Los Silillos

Conchi tiene 73 años, está casada y ha tenido 5 hijos. Con 7 años quedó huérfana de madre; durante toda su vida ha sido una mujer muy laboriosa, nunca ha dejado de hacer punto y otras labores, aunque finalmente comparte esta afición con la pintura.

Recuerda como una vecina le decía que si se compraba una máquina de coser, ella le enseñaría a bordar. En casa de una tía ya practicaba con su máquina de coser, antes de tener la suya propia. Con 14 años consiguió que su padre le comprara la suya propia, dice que pasaba las noches cosiendo, ella les hacía ropa a sus hermanos más pequeños.

Antes de nacer su primera hija, nos narra como una vecina se fue a Palma del Río y le trajo varios retales de diferentes telas. Su vecina, Francisca le dijo: “toma y hazle algo a tu niña que va a nacer y no tienes ni un trapo”. Comenzó y le hizo sus “empapaderas”, ya que no existían los actuales pañales, y con el resto de telas le elaboró unas mantillas, y alguna ropita. Colocó todo lo que había hecho con aquellas telas en lo alto de la cama, y llamó a la vecina, la cual no daba crédito, de todo lo que había hecho con aquellos retales.

Después de casarse, su marido emigró a Alemania quedándose ella aquí con sus dos hijos mayores. Se quedo ayudando a sus cuñados en un bar que tenían estos, y cada vez que podía se dedicaba a hacerles ropas a sus hijos, elaboradas en punto y ganchillo.

Cuando volvió de Alemania su marido, se metieron en una casa vieja, y comenzaron a regentar ellos el bar, ya que su cuñado había muerto. Allí han pasado hasta el final de su vida laboral, aunque el negocio lo ampliaron a un despacho de pan y una tienda de chucherías.

Cuando cerró su establecimiento en el año 2003, dice que no sabía qué hacer con el tiempo, acostumbrada a no parar en todo el día, se levantaba a las 5,30 horas de la madrugada y todo el día marchando. Comenzó a hacer una colcha, de cuadros con telas de colores, para seguir teniendo faena a diario. Decidió apuntarse a la escuela de adultos, para aprender, ya que nunca había ido a la escuela. Pero dice que no aprendía, que ella hacía las cosas de cabeza, que haciendo copiados no aprendía a leer. Toda la vida haciendo las cuentas de sus negocios, pero reconoce que aprendió “a topetazos” y no fue capaz de coger los conceptos, ni dividir, ni multiplicar, y al final lo dejó.

Un día conoció a una muchacha, que comenzó a dar pintura en Los Silillos; le preguntó que pinturas utilizaba, compró algunas y comenzó a hacer sus pinitos en su casa pintando algunos ramillos. Después se apunto a un curso y comenzó a pintar cojines, botellas, garrafas, etc. finalmente se apuntó a aprender con otra maestra en Fuente Palmera, estando en la actualidad acudiendo a los dos sitios.

A la vez que aprende a pintar, no deja sus labores de ganchillo, o de punto para sus nietos y nietas. Reconoce que no es capaz de dejar elaborar alguna costura, ni en el periodo de vacaciones, ya que llevan algunos años yendo de vacaciones a Lanjarón y en todos sus tiempos libres echa mano de sus labores. A todas sus nietas, que son 6, les ha hecho una mantelería, totalmente terminada con su encaje, para que ellas se acuerden de su abuela.

No ha llegado a pintar en lienzo, sólo ha hecho dos cuadros en madera, aunque también ha pintado, botellas, en tejas, y sobre todo garrafas, de las 40 aproximadamente que le quedaron del bar cuando lo cerró, han llegado a Madrid, Toledo, Almodóvar, Posadas, etc. hasta que terminó con ellas.