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Entrevista a Ana Jiménez, vecina de La Peñalosa


Ana Jiménez López es, a sus noventa y dos años de edad, una de las vecinas más ancianas de La Peñalosa. Esta mujer trabajadora, que ha sacado adelante a una familia con nueve hijos, regentó durante muchos años un conocido puesto de jeringos al que acudían vecinos de otros pueblos cercanos a comprar. Su historia constituye todo un ejemplo de los esfuerzos y sacrificios que hicieron muchas personas de su generación.
Ana nació en La Peñalosa a comienzos de la década de 1920 en la misma casa en la que aún sigue viviendo, en la que se crió y donde nacieron sus nueve hijos. El primogénito llegó nada más acabar la guerra, cuando su marido regresó al pueblo: “Cuando nació mi primer hijo, yo le decía a mi marido que me lo había traído de la guerra (risas). Ahora él está en Barcelona y tiene setenta y tres años; siempre me llama todas las semanas porque tiene que saber de mí.” Su marido, Anastasio, también natural de La Peñalosa, perdió una mano durante el conflicto. “Él se fue a la guerra con veinte años. Su padre tenía una piara de cabras y él las estaba guardando, cuando la gente pasó corriendo y se lo llevaron; dejó las cabras allí en medio. Cuando volvió de la guerra tenía veintitrés años; su padre había muerto mientras él estuvo fuera después de que una burra le pegase una patada. Nos casamos en cuanto regresó.”
El matrimonio trabajó en las labores del campo. “Con una sola mano, mi marido se dedicó a guardar ganado: vacas, mulos... Y a él no le daban el jornal que le daban a la gente entonces: los demás ganaban cinco duros y a él le daban dos duros”, es decir, la mitad de lo que pagaban a quienes trabajaban en el campo. Su hija Valle nos cuenta que su padre nunca iba a los bares, como otros hombres, sino que su madre compraba un poco de vino y él se lo bebía en la casa con el fin de no gastar el dinero, ya que Anastasio era consciente de que no podía trabajar como los demás.
“Nosotros, los hijos, con diez o doce años ya trabajábamos en el campo: en los cortijos y en todos los sitios donde hacía falta. Entonces mi madre ya se pudo quedar en casa.” Con el paso del tiempo, se sucedieron distintas épocas en las que escaseaba el trabajo; sin embargo, aunque no había dinero, nunca les faltó de comer. “Hay que reconocer que otra gente ha pasado más hambre que nosotros, que teníamos gallinas, conejos, cabras... la leche nunca nos faltó”.
Además, durante un tiempo, Ana y su marido pusieron un molinillo en el patio; muchas personas se dirigían a su casa con el fin moler trigo y les daban algo de dinero. Además, Ana nos cuenta que su padre tenía finquillas en las que sembraba garbanzos y recogía aceitunas de sus olivos para comer.
Ante las necesidades que el cuidado de una gran familia requería, Ana pudo constatar la solidaridad de algunas personas como Luis Herrera o Pistón, “el de los zapatos”, que proporcionaban ropa y calzado a sus hijos.
Algunos de ellos tuvieron que marchar a Barcelona a trabajar: fue entonces cuando Ana puso el puesto de jeringos, ya que ella no podía salir al campo, su marido ya no guardaba ganado y cada vez quedaban menos hijos en el pueblo. “Yo hacía unos jeringos muy buenos. La gente hasta venía de Fuente Palmera a comerlos; algunos, cuando pasaban para trabajar, venían a comprarlos. Pero hace veintidós años que murió mi marido y lo dejé.” Este puesto estuvo funcionando en La Peñalosa, aproximadamente, desde 1960 a 1978.
A Ana le quedan tres de sus hijas en el pueblo: Valle, Antonia y Ana, que la ayudan en todo lo que pueden y se turnan para cuidarla ahora que le fallan las piernas: “La cabeza, la memoria, la lengua y las manos están muy bien, no tiene mal nada más que las piernas. Como dicen: el mal del milano, las patas malas y el pico sano” nos comenta su hija Valle entre risas.